Los arqueólogos somos expertos en hacer puzzles

Estaba realizando un «puzzle» cerámico mientras recordaba con una sonrisa todas las veces que me han preguntado por qué en los yacimientos siempre está «todo roto» y en los museos no tanto.

Bien, antes de que las piezas lleguen del yacimiento al museo, pasan por un largo proceso de limpieza y documentación, en el que la ilustración tiene un papel primordial.

No todas las piezas que se recuperan en un yacimiento son susceptibles de ser fotografiadas o dibujadas, pero sí que todas son clasificadas e inventariadas. En este sentido solo el material selecto, en base a una serie de parámetros y criterios, va a ser documentado gráficamente. Por eso es importante tener espacio para extender nuestros materiales ya inventariados y siglados e intentar recomponer algunas de estas piezas que pueden aparecer totalmente dispersas en el yacimiento.

A veces no es tan fácil como pudiera parecer y tenemos que dedicarle tiempo a esta tarea o puede pasarnos como a un antiguo profesor, que tras identificar una pieza de colores rojizos, no decorada, como cerámica común romana y otra de tonos pardos y negruzcos con decoración a ondas, como claramente medieval, se llevó un buen sofocón cuando yo le dije que ambos fragmentos pegaban entre sí. ¡Las cosas en arqueología no siempre son lo que parecen!

El grueso del material recuperado en un yacimiento arqueológico, salvo en los de cronología prehistórica, suele ser material cerámico y habitualmente se presenta muy fragmentado. Por eso, lo primero que hacemos es separar los materiales dentro de cada unidad estratigráfica por tipos y formas reconocibles. Si es posible usaremos nuestro ojo, ya educado, en la localización de fragmentos de una misma pieza, pero debemos de tener en cuenta que, a veces, el paso del tiempo, o la acción de agentes diversos, puede hacer que los fragmentos de una misma pieza luzcan de forma totalmente diferente. Si finalmente localizamos varios fragmentos de una misma pieza que podemos unir entre sí, lo haremos; pero siempre usando materiales y procesos totalmente reversibles y que en ningún caso supongan un riesgo para la conservación de los materiales.

El fin no es tanto recomponer una pieza entera, sino tener al menos un perfil completo, aunque sea muy parcial. Es decir, parte del borde, del cuerpo y de la base que nos ayuden a saber cómo sería la pieza completa. Pero incluso si solo tenemos un pequeño fragmento de borde de una pieza, podemos llegar a conseguir una forma muy aproximada del volumen real de nuestra pieza.

A través de una correcta orientación del fragmento, paso absolutamente fundamental; el cálculo del diámetro mediante técnicas diversas, podremos llegar a recomponer una imagen bastante fiel de la forma de nuestra pieza que representaremos mediante convencionalismos aceptados de forma internacional. Nuestro dibujo contendrá, al menos, la sección, el diámetro y el interior y el exterior de la pieza separados por un eje vertical siempre acompañados por una escala. En caso necesario ejecutaremos las proyecciones ortogonales necesarias de nuestro objeto para su correcta comprensión.

En resumen, la arqueología y la ilustración arqueológica exigen una gran capacidad de observación y altas dosis de paciencia. La correcta comprensión, orientación y representación de nuestra pieza es fundamental para obtener el resultado deseado. Mientras en otras ramas de la ilustración científica, lo que se busca es la representación de arquetipos, el desafío de la ilustración arqueológica está en que cada pieza es única. La correcta interpretación y representación de nuestro artefacto nos va a permitir establecer análisis comparativos con otros yacimientos facilitando la identificación cronocultural de nuestro material, aun cuando esté muy fragmentado.

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